
El dolor es el maestro de mi vida, a veces obvio, a veces se esconde; pero no desaparece, no hay día sin prueba, ni pruebas de él, pues yo lo llevo dentro, calladito envenena los lóbulos de mi cerebro.
Y se ha hecho grande, ya no hay hueco en mi corazón que no halla invadido, latidos de esperanza no bombean sangre manchada de un daño furtivo. Yo soy vísceras que se retuercen encerradas en el martirio de un desgarrador desamor, soy mis dedos agarrotados arrancándome la piel para que salga fuera el veneno, soy mi dentadura fracturándose para poder contener la quimera, es mi garganta quemada por arcadas de ácido, soy yo quitándome las uñas de cuajo como tributo a la rabia, soy yo sacándome los ojos para no ver el delirio que he de asumir, soy yo sin porvenir hundida en el espesor de un amargo lamento, es un bebe en mi interior que chilla y chirría en mis orejas el eco del llanto, yo soy mi grieta profunda cascada de ilusiones que caen al vacío apático, yo soy un balazo en mi frente que destrozó mi cabeza, yo soy el parásito que envenena órganos arrasados por las termitas de la angustia, yo soy mi propia pesadilla, mi tortura, tragedia de la que siempre quise huir. Yo soñaba con volar porque las llamas del infierno hierven mi corazón